Trazos de lo Invisible

Ensayos sobre la conciencia, el poder y las estructuras silenciosas que moldean nuestra existencia

La fe y la razón, dos caminos hacia la misma quietud

Durante mucho tiempo creí que la religión debía ser defendida o negada. Fui un niño devoto, entregado a una fe aprendida más por cariño que por convicción. Pero al crecer me fui al extremo contrario: no sólo dudé, sino que me declaré abiertamente ateo. En mis primeros años de universidad esa certeza me parecía una victoria intelectual, una liberación. Sin embargo, incluso entonces —cuando más convencido estaba de la inexistencia de lo divino— una idea religiosa, una pequeña chispa de lo que antes había sido fe, me sirvió para atravesar uno de los momentos más difíciles de mi vida. No me convirtió de vuelta, pero me mostró otra cosa: que las creencias, verdaderas o no, pueden ser herramientas de supervivencia.

Ya de adulto, con más lecturas, más introspección y una profunda cercanía con el budismo y la filosofía, comprendí que “Dios” no tiene por qué ser un ser como lo conciben las religiones. Puede ser algo más amplio, más silencioso, más inaccesible. Algo incognoscible e incomprensible, que tal vez nos ignora o tal vez nos sostiene, que podría incluirnos o trascendernos, o incluso no importar en absoluto. Pero lo cierto es que podemos sentir —aunque sea por un instante— una unión con el todo, una claridad o una paz que no depende de doctrinas. Y esa experiencia cambia la pregunta. Ya no es “¿existe Dios?”, sino “¿qué nombre le damos a aquello que nos hace sentir completos por un momento?”.

La religión, como toda obra humana, es ambigua. Ha servido para someter y para consolar, para dividir y para unir. En nombre de Dios se ha destruido, pero también se ha creado belleza, comunidad y esperanza. La historia no puede ocultar su sombra, pero tampoco debería negar su luz.

Esa sombra es profunda. La religión ha sido, en muchos momentos, una herramienta de control político y social. Un ejemplo claro aparece en el Bhagavad Gita (en este blog tengo una ensayo que invito a leer). En ese texto conviven enseñanzas filosóficas y metafísicas de enorme profundidad con un marco narrativo que también legitima la estructura de castas y la obediencia incuestionable al deber impuesto. Krishna ofrece a Arjuna una visión elevada sobre la acción desinteresada y la naturaleza eterna del alma, pero al mismo tiempo utiliza esa visión para reforzar un orden social donde unos mandan y otros obedecen, incluso hasta la muerte. Lo sublime y lo estratégico se entrelazan: lo sagrado se vuelve argumento para mantener el poder intacto.

Ejemplos así abundan en la historia. Muchas religiones han justificado guerras, jerarquías, desigualdades y sacrificios. Han ofrecido un lenguaje divino para vestir intereses humanos. La promesa del cielo o el temor al castigo han sido herramientas eficaces para moldear sociedades enteras.

Pero reducir la religión sólo a eso sería una injusticia. También ha sido un puente, una casa común, un punto de encuentro. Ha permitido unir a las personas, darles identidad, sostenerlas en momentos de adversidad, inspirarlas a ayudar, a mejorar, a levantarse. Para muchísima gente, la fe no es un instrumento de dominación, sino un refugio emocional, una forma de orientar la vida cuando todo lo demás parece incierto.

Porque el mundo —si lo miramos sin adornos— puede sentirse desordenado, frágil o incluso sin sentido. Quizás Dios exista, quizás no; quizás nos trascienda por completo. Pero, al margen de eso, la pregunta más urgente es otra: ¿cómo sostiene cada persona su vida cotidiana?, ¿cómo enfrenta el sufrimiento, la pérdida, la duda?

No todos responden igual. No todos encuentran claridad en la filosofía, ni calma en la introspección. Y ahí es donde la religión cumple una función irreemplazable: le da a la gente una manera de existir, de soportar lo insoportable, de encontrar un propósito cuando la realidad parece no ofrecer ninguno. No importa si las creencias son literales, simbólicas o metafóricas; lo que importa es la fuerza que despiertan, la esperanza que encienden, la compañía que ofrecen.

Mi madre es prueba viva de ello. Su fe no descansa en argumentos ni en teologías; se sostiene en la necesidad de seguir amando incluso cuando la realidad parece negarlo. Sin esa fe, no habría resistido las pruebas que la vida le impuso: la enfermedad, la incertidumbre, el miedo. Su creencia no la libra del dolor, pero lo vuelve soportable. Y eso, a su manera, es una forma de salvación: no la que promete el cielo, sino la que permite atravesar la tierra con dignidad.

Con el tiempo comprendí que discutir sobre religión suele ser inútil. Quien cree no lo hace por lógica; quien no cree no dejará de dudar por un argumento. La fe se siente, la razón se demuestra, pero ambas buscan lo mismo: una paz que no dependa de las circunstancias. Y lo más importante: ninguna de las dos debería usarse para imponer o humillar. Cada persona transita su propio misterio, y meterse en las creencias ajenas es, muchas veces, una forma de arrogancia.

Por eso ya no intento convencer a nadie. Mi tarea no es afirmar ni negar a Dios, sino reconocer su presencia —o su ausencia— en cada gesto humano: en la compasión, en el consuelo, en el simple acto de seguir adelante. Quizás Dios no sea un ser, sino un nombre que le damos al misterio que nos sostiene. Y quizás no exista una verdad absoluta, sino muchas formas de mirar lo sagrado.

En este punto, una frase de Jorge Luis Borges —mi escritor favorito— empieza a resonar de otra manera: “Todas las teorías son válidas y ninguna tiene importancia. Lo que importa es lo que se hace con ellas.” Durante años me pareció una afirmación menor dentro de su obra. Hoy la entiendo: no importa si la fe es real o ilusoria, si es metafísica o simbólica, si es “cierta” o no. Lo que importa es la vida que produce: la fuerza, la serenidad, el alivio. Una teoría vale por la vida que ayuda a sostener.

Una respuesta a “La fe y la razón, dos caminos hacia la misma quietud”

  1. […] En otro ensayo hablé un poco de la fe y la razón, de como puede ser herramienta de consuelo o de control. El Bhagavad Gita acompañó parte de ese proceso, no como doctrina, sino como obra que obliga a pensar. […]

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