El otro día estaba leyendo un libro de Michio Kaku sobre física. En algún punto hablaba de la interpretación de los muchos mundos de Everett, y no pude evitar pensar en cómo ciertas teorías científicas, a diferencia de otras, parecen caminar peligrosamente cerca de la ciencia ficción… o incluso hacia la superstición.
Hay teorías que solemos malinterpretar con facilidad. Un ejemplo clásico es el principio de incertidumbre, o mejor dicho, la relación de indeterminación de Heisenberg. Se repite hasta el cansancio que “el observador influye en el resultado”, y de ahí se da un salto injustificado: que entonces podemos moldear la realidad a nuestra conveniencia con la mente. Ese salto no solo es una mala lectura de la física, sino también de tradiciones más antiguas como la alquimia, el hermetismo o ciertos sistemas filosóficos, que siempre operaron en un lenguaje simbólico, no literal. El problema aparece cuando confundimos metáfora con mecanismo físico.
Con la interpretación de los muchos mundos ocurre algo distinto. Aquí, la frontera entre física rigurosa e imaginación es mucho más difusa. La idea de que existen infinitos mundos paralelos, ramificándose a cada instante, no está tan lejos de lo que durante siglos fue territorio exclusivo del mito, la religión o la especulación metafísica, tal vez por eso no me resultó del todo ajena.
Antes incluso de leer a Kaku o de saber quién era Everett, mi hermano me inculcó a mi autor favorito: Borges. Y uno de los textos que más me marcaron fue El jardín de senderos que se bifurcan. Ahí, Borges anticipa de manera asombrosa esta idea: un tiempo que no es lineal, sino una red de posibilidades que se bifurcan, donde todos los desenlaces ocurren. No es física, claro, es literatura y filosofía, pero la semejanza con Everett no deja de ser inquietante, como si Borges hubiera llegado al mismo lugar por pura intuición, sin ecuaciones, sin laboratorios, solo siguiendo las consecuencias lógicas de una idea.
Y es aquí donde aparece la idea central que no me suelta:
¿Existen mundos donde mi Padre sigue vivo?
¿Mundos donde nuestros seres queridos no murieron, donde simplemente tomaron otra bifurcación del camino?
Durante años, incluso antes de ponerle nombre a estas teorías, tenía un pensamiento recurrente. Mientras iba manejando, imaginaba tener un accidente y morir… pero sin darme cuenta. En mi experiencia subjetiva todo seguía igual, mientras que en otro mundo mi familia lloraba mi muerte. Yo continuaba viviendo en otra ramificación, como si nada hubiera pasado.
Años después, un amigo —borracho, como suelen aparecer estas confesiones— me dijo que había tenido exactamente la misma idea. Le respondí algo simple: no es tuya… pero tampoco es mía. No porque la hayamos copiado de algún libro, sino porque hay ideas que parecen emerger una y otra vez en la mente humana. Más tarde supe que no solo era una intuición moderna: es una idea milenaria, y hoy, curiosamente, también una hipótesis física respetable. Eso ocurre con frecuencia: no es que uno copie una idea, es que no somos los primeros en imaginarla.
A veces sueño con mi padre y esos sueños no se sienten como recuerdos ni como símbolos: se sienten reales, comunicativos, casi tangibles. En esos momentos recuerdo a Kaku y otras teorías relacionadas, donde se plantea que no necesariamente hablamos de dimensiones alternas, sino de algo aún más extraño: que todo podría estar ocurriendo en el mismo plano, pero no podemos percibirlo.
Kaku suele usar ejemplos muy simples para explicarlo, algo así como esto: estamos rodeados de ondas de radio, señales de televisión, wi-fi, atravesándonos constantemente. No las vemos ni las sentimos, no porque no existan, sino porque nuestros sentidos no están sintonizados con ellas, solo cuando un aparato se vuelve coherente con esa frecuencia, la señal aparece.
Quizá —y aquí no hablo desde el rigor científico, sino como hijo— ocurre algo parecido con nosotros.
Quizá no es que no estén ahí, sino que nuestros átomos no son coherentes con los suyos.
Y tal vez, solo tal vez, en los sueños sucede algo extraordinario: por un instante, esa coherencia se produce.
Es común, durante el duelo, soñar con quienes ya no están, pensarlos vivos, imaginarlos presentes, creer —aunque sea por un instante— que todo fue un error. Yo lo hacía. Durante mucho tiempo, cuando me ocurría algo gracioso, curioso, o tenía alguna duda laboral, mi primer impulso era pensar: tengo que marcarle a mi papá para contarle esto. Luego venía el golpe suave, casi mecánico: mi padre ya no está.
Con los años me fui haciendo a la idea. La vigilia se vuelve disciplinada; aprende a aceptar la ausencia. Pero los sueños no obedecen esa lógica. Siguen llegando, con una frecuencia que no disminuye, y con una extrañeza particular: en ellos soy consciente de su muerte, y sin embargo él está ahí. A veces la mente construye explicaciones: que fingió su muerte, que en realidad estuvo enfermo, muy enfermo, en un hospital, en reposo, lejos del mundo. Otras veces aparece como alguien delicado, pero no tanto como para no caminar, para no convivir en secreto con la familia, como si existiera un acuerdo tácito para ocultarlo del resto del mundo. En esos sueños aconseja, abraza, escucha. A veces dice: estoy orgulloso de ti. Otras: lo siento.
Despierto.
Y lo siento.
Sé que la mente es así. Sé que el cerebro completa, repara, inventa continuidades para soportar la pérdida. No ignoro la explicación psicológica ni la necesidad biológica del consuelo. No soy supersticioso, ni crédulo, ni abandono el terreno de lo racional con facilidad. Me gustan la filosofía, el simbolismo, las metáforas, sí, pero mi forma de pensar sigue siendo, en el fondo, científica. Y aun así, a veces siento que hay algo más.
No lo afirmo como creencia, ni como verdad. Lo dejo como una posibilidad mínima, casi literaria: que esos encuentros no sean solo recuerdos disfrazados, sino intersecciones breves. No entre mundos fantásticos, sino entre realidades que quizá existen superpuestas, invisibles entre sí, como señales que no logramos sintonizar.
Borges escribió que el tiempo no es un río que fluye, sino un jardín de senderos que se bifurcan. Tal vez el error no es imaginar mundos paralelos, sino creer que están lejos. Quizá siempre estuvieron aquí. Quizá nunca se fueron. Quizá solo nos visitan cuando bajamos la guardia, cuando dormimos, cuando dejamos de exigirle a la realidad que sea una sola.
No lo sé.
Y tal vez no saber sea la forma más honesta de seguir pensando.
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