Trazos de lo Invisible

Ensayos sobre la conciencia, el poder y las estructuras silenciosas que moldean nuestra existencia

Candados invisibles: la censura que no parece censura

La imagen era sencilla pero brutal: En el sitio Dosis Diarias de Alberto Montt, hace más de una década, apareció una viñeta que compartí en la universidad. Un hombre tenía un candado en la boca y otro en el cerebro. Una mano se acercaba con una llave, abría el de la boca y decía: “Ahí tienes tu libertad de expresión. De la de pensamiento hablamos otro día.”

Esa viñeta desató una conversación intensa con un profesor. Me recomendó leer Homo Videns de Giovanni Sartori (fantástico libro), me explicó cómo la imagen reemplaza al concepto, de cómo la televisión había reducido nuestra capacidad de pensar en abstracto, de cómo la opinión pública podía moldearse mediante pantallas que parecían inofensivas. En ese momento pensábamos que ese era el gran peligro.

Hoy, trece años después, esa conversación sería más amarga.

En el libro “1984”, George Orwell planteó un gobierno que gobernaba desde la censura total, el control férreo del lenguaje, la vigilancia absoluta y la prohibición de información. La historia tomó un giro irónico. La censura contemporánea no prohíbe: satura. No apaga televisores: inyecta millones de mensajes. No se sostiene en ministerios o secretarías: se apoya en algoritmos. Ya no hace falta destruir un libro. Basta con sepultar su contenido bajo una marea de basura digital: tendencias falsas creadas por bots, noticias inventadas, influencers improvisando verdades absolutas, “expertos” que opinan de todo, titulares diseñados para activar miedos y sesgos profundos. La nueva censura no te quita la libertad: te hace creer que la tienes.

El mecanismo es elegante, casi quirúrgico. Los algoritmos —que te conocen mejor que tus amigos, que tu familia, y a veces mejor que tú mismo— seleccionan lo que verás, lo que te indignará, lo que te hará reír, qué temas te parecerán urgentes y cuáles irrelevantes. Es Inception (En latinoamerica conocida como “El origen”), pero sin sueños y sin ficción. Y como ocurre en la película, la clave del control eficaz no es imponer la idea, sino lograr que el individuo crea que la idea fue suya. Esa es la victoria más peligrosa: que el ciudadano esté convencido de que piensa libremente, cuando en realidad piensa dentro de un marco cuidadosamente construido alrededor de su psicología.

El cerebro humano evolucionó para sobrevivir, no para analizar flujos infinitos de información. Tres grandes vulnerabilidades explican por qué la desinformación es tan eficaz:

  • El córtex prefrontal —la región encargada de razonar y decidir— se satura fácilmente. Las redes explotan esto inundándonos de estímulos que compiten por segundos de atención, neutralizando nuestra capacidad de reflexión profunda. Nuestro cerebro usa atajos mentales que fueron útiles cuando vivíamos en tribus de 150 personas. Hoy esos sesgos son armas en manos de quienes manejan datos y algoritmos: Sesgo de confirmación: creemos lo que encaja con lo que ya pensamos
  • Sesgo de disponibilidad: lo que vemos más seguido nos parece más cierto.
  • Tribalismo: si mi grupo lo cree, debe ser verdad. Las plataformas están diseñadas para activar los circuitos de recompensa: notificaciones, “likes”, comentarios… Cada estímulo entrena al cerebro para volver, desplazando la reflexión por la impulsividad.

Aquí encaja un punto crucial que he visto reflejado en ciertos libros que he leído, como “Decidido” de Robert Sapolsky. Esta obra explica que nuestra conducta está profundamente condicionada por factores biológicos, ambientales y sociales que operan antes de que siquiera tengamos conciencia de haber “decidido” algo. Si nuestras elecciones ya están moldeadas por hormonas, experiencias previas, arquitectura cerebral y contextos invisibles, ¿qué ocurre cuando además sumamos algoritmos diseñados para explotar todo eso? La capacidad de manipular la opinión pública se vuelve casi perfecta, porque no solo manipula ideas: manipula los mecanismos que generan las ideas. Y eso es infinitamente más peligroso.

A esto se suma lo que advierte Yuval Noah Harari en algunas de sus obras: cuando una entidad (un Estado, una corporación o un algoritmo) nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, puede predecir nuestras acciones, nuestras emociones e incluso nuestras decisiones políticas. Harari advierte que el gran peligro no es la vigilancia externa, sino la vigilancia interna, cuando los sistemas saben qué nos asusta, qué nos enoja, qué nos motiva y cómo reaccionaremos antes de que lo sepamos nosotros. Desde esa perspectiva, la libertad humana ya no se pierde por coerción, sino por predicción. Y quien puede predecirte, puede dirigirte.

Como mencionaba al principio, Giovanni Sartori, en Homo Videns, explicaba cómo la televisión estaba transformando al humano en un ser más visual que racional. Según él, lo que no se puede mostrar deja de existir. El pensamiento abstracto se debilita. La profundidad es sustituida por lo superficial. Cuando discutimos ese libro en la universidad, veíamos la televisión como el gran villano: manipulación, sesgo, narrativas controladas. Pero la televisión era un peligro menor comparado con lo que vendría. Hoy ya no es solo que “vemos” en vez de “pensar”; es que lo que vemos está personalizado para nuestras debilidades cognitivas, optimizado para influirnos sin que lo notemos, ajustado en tiempo real según nuestras reacciones. La manipulación ya no es masiva: es individual.

A diferencia de la televisión, las redes sociales tienen una ventaja psicológica devastadora: nos hacen creer que somos nosotros quienes elegimos. Creemos que tenemos voz. Que no hay censura. Que lo que vemos es “lo que está pasando”. Que nuestra opinión es legítimamente nuestra. Que somos más críticos que las generaciones anteriores. Nada más alejado de la realidad.

Lo que vemos no es “el mundo”, sino una versión de él seleccionada para maximizar nuestra permanencia frente a una pantalla. La censura ya no se ejerce ocultando información: se ejerce moldeando la relevancia. En un mar infinito de datos, la verdadera libertad no está en que un contenido exista, sino en que puedas llegar a él. Y ese camino ya no lo decides tú; lo decide un sistema que optimiza métricas, no tu autonomía intelectual.

La nueva censura no quiere ciudadanos ignorantes: quiere ciudadanos seguros de su propio pensamiento. Ciudadanos que descartan la manipulación porque “yo no me dejo influir”. Ciudadanos que repiten consignas creyendo que son ideas originales. Ciudadanos con libertad de expresión, pero sin libertad de pensamiento. Justo como en esa viñeta de Alberto Montt.

No basta con consumir “mejores noticias”. Se requiere un cambio más profundo: Dudar especialmente de lo que confirma nuestras creencias. Leer artículos largos, libros, análisis profundos. La profundidad es un acto de resistencia. Tu mente es un recurso finito, y toda plataforma quiere capturarlo. Todo contenido tiene una intención (incluido este). Reconocerla es el primer paso para pensar libremente.

Al final, la libertad no se juega en lo que podemos decir, sino en lo que podemos pensar. Y esa batalla ya no se libra contra un gran hermano visible, sino contra millones de estímulos que parecen inofensivos, diseñados para hacernos sentir libres mientras moldean silenciosamente nuestra visión del mundo. La libertad no está en el ruido. Está en el silencio que permite pensar.

Una respuesta a “Candados invisibles: la censura que no parece censura”

  1. […] lo más peligroso –como argumenté en un ensayo anterior– es que estos mecanismos funcionan solo si el individuo cree que la idea es suya. Si se siente […]

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