En el cuento Tema del traidor y el héroe contenido en Ficciones (Para mi su mejor libro), Borges abre con una frase que parece menor, pero no lo es: “Aunque esta historia ocurre en Irlanda, bien pudo haber sucedido en cualquier país latinoamericano”. Desde ahí se anuncia el verdadero tema del cuento: la política como teatro.
La trama es sencilla, pero inquietante. Hay un movimiento social en Irlanda: protestas, tensiones, enfrentamientos. Uno de los líderes es asesinado en un acto público y el resultado es inmediato. La multitud se enciende, se radicaliza, combate con más fuerza y, eventualmente, triunfa. Décadas después, un historiador decide investigar el asesinato y, al revisar documentos y testimonios, advierte algo que no encaja: la escena es demasiado perfecta, demasiado teatral, demasiado parecida a episodios de Macbeth o de Julius Caesar.
La verdad emerge poco a poco: el supuesto héroe no lo era. En realidad, había traicionado al movimiento y se había vendido a los opositores. Cuando sus compañeros lo descubrieron, entendieron que si revelaban la traición el movimiento colapsaría. Entonces tomaron una decisión que, al mismo tiempo, es política y trágica: ejecutarlo, pero convertir su ejecución en un sacrificio heroico. Le propusieron –o le impusieron– un trato: morir siguiendo un guion. Transformarlo en mártir. Darle al pueblo una muerte simbólicamente poderosa, capaz de encenderlos. Y funcionó. Crearon un héroe apócrifo y, con él, ganaron la causa.
Ese mecanismo no pertenece a la ficción. Así se sostienen muchos movimientos políticos y, también, varios supuestos movimientos “sociales”. No se construyen sobre causas reales de fondo ni sobre la búsqueda de la verdad, sino sobre percepciones. Sobre emociones cuidadosamente estimuladas. Sobre escenas diseñadas para mover masas.
Y lo más peligroso –como argumenté en un ensayo anterior– es que estos mecanismos funcionan solo si el individuo cree que la idea es suya. Si se siente independiente, indignado por convicción propia. No importa que detrás haya facciones políticas, infiltrados o intereses externos moviendo los hilos: el ciudadano está convencido de que actúa libremente, cuando muchas veces no es más que la prolongación emocional de un guion escrito por otros.
En México hemos visto episodios contemporáneos que ilustran, con una precisión perturbadora, ese desplazamiento entre verdad y percepción. Uno de los más elocuentes comenzó en una pequeña ciudad, donde un alcalde llegó al poder sin partido político formal y con un discurso contundente contra la corrupción y la inseguridad. Su estilo era performativo: participaba en operativos, sobrevolaba helicópteros con la policía, confrontaba públicamente a figuras estatales y federales. Para muchos ciudadanos, representaba una ruptura con la política tradicional; para otros, solo era una puesta en escena. Pero la política moderna, como demuestra Borges, no distingue entre autenticidad y teatralidad: solo necesita un personaje que funcione.
Cuando el alcalde fue asesinado, el efecto fue inmediato. La indignación social se multiplicó y la narrativa del sacrificio surgió de forma casi automática. Su esposa fue nombrada sucesora, como si la continuidad moral fuera la única vía para preservar la esperanza depositada en el proyecto. Y mientras la ciudad procesaba el duelo, actores políticos aprovecharon la efervescencia emocional para reactivar conflictos latentes en comunidades rurales cercanas. Los campesinos tenían causas legítimas, pero ciertos operadores introdujeron nuevas exigencias desproporcionadas, reencuadraron la protesta y la empujaron hacia una radicalización que ellos mismos no habían imaginado. Los bloqueos estallaron, las carreteras se cerraron, los suministros —incluido el gas— comenzaron a escasear. Y así, la muerte del alcalde se convirtió en un combustible simbólico para movimientos que, aunque iniciados desde el descontento real, pronto fueron reconfigurados por agendas externas.
Días después, en otra ciudad, se convocó a una marcha pacífica en memoria del alcalde caído. Era un acto cívico sencillo: caminar, guardar silencio, mostrar luto. Sin embargo, al llegar al palacio municipal apareció un grupo que nadie reconocía. No venían de la marcha, no eran vecinos, no tenían relación con el duelo compartido. Llegaron preparados, con gasolina, pasamontañas y un guion claro. En minutos el edificio ardía. Y algo más ardió con él: la frontera racional de la multitud. El fuego, como en tantos episodios históricos, se volvió lenguaje. El duelo mutó en euforia, la indignación se volvió identidad, y la masa dejó de distinguir entre quienes habían marchado con ella y quienes solo estaban ejecutando otro libreto.
En ese instante emergió un detalle esencial para entender la mecánica de la percepción manipulada. La viuda del alcalde publicó un mensaje en video pidiendo calma. Rogó que no destruyeran edificios públicos, dijo que ese no era el legado de su esposo, recordó que la violencia desfiguraba la causa y le restaba legitimidad. Era un mensaje razonable, e incluso valiente. Pero la multitud, ya encendida, no lo interpretó así. Sectores enteros afirmaron que la estaban obligando a hablar, que en su mirada se veía miedo, que su voz era prueba de coerción estatal. La realidad objetiva fue reemplazada por lecturas conspirativas que reforzaban la emoción ya dominante. No importaba lo que dijera el video; importaba cómo debía ser leído para no interrumpir el trance colectivo.
Ese momento captura una verdad filosófica más profunda: cuando la percepción se vuelve mito, todo hecho se reinterpreta como si formara parte del mismo mito. La apelación a la calma se lee como amenaza. La crítica se lee como ataque. La duda se lee como traición. Y el individuo que, en circunstancias normales, evalúa la realidad con cierto equilibrio, se diluye en un coro emocional que legitima cualquier interpretación que mantenga vivo el relato heroico en el que cree estar participando.
Lo que siguió confirmó que el incendio no había surgido de la marcha misma. Cuando la policía detuvo a varios responsables, nadie los defendió. No porque la multitud hubiera recuperado la prudencia, sino porque nadie sabía quiénes eran. No eran del pueblo. No eran del movimiento. No eran dolientes. Más tarde, en espacios políticos discretos, se supo lo que muchos ya sospechaban: habían sido enviados por una facción política. Su función no era honrar la memoria del alcalde ni expresar indignación social, sino debilitar políticamente a la otra facción aprovechando el clima emocional del momento.
Y ahí aparece la lección más inquietante: la gente que acompañó o justificó el incendio no creía estar obedeciendo a un infiltrado; creía estar manifestando su propia indignación. No pensaba en operadores políticos; pensaba en justicia. No seguía órdenes; seguía emociones que sentía suyas, pero que habían sido cuidadosamente provocadas por otros.
Ese es el peligro profundo que Borges anticipa: el día en que la masa deja de distinguir entre su propia voluntad y el guion que otros escriben para ella, la política deja de ser deliberación y se convierte en teatro. Y como en todo teatro bien montado, el espectador —convencido de que participa activamente— no se da cuenta de que solo está reaccionando a la iluminación, a los silencios, a la música, a los gestos, a la escenografía.
En la arena pública contemporánea, la verdad ya no derrota a la emoción. Solo puede aspirar a no ser completamente devorada por ella.
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