El otro día leía una reflexión que iba mas o menos así (es lo que recuerdo) “La vida no es justa. No porque sea cruel, sino porque no es un tribunal. El universo no distingue entre el bien y el mal, entre santos y asesinos. No castiga ni recompensa. Es, simplemente, una cadena de causas y efectos. El tiempo no se detiene a reparar daños ni a compensar virtudes: solo pasa. Somos nosotros quienes inventamos la justicia para soportar el caos, para no sentir que vivimos dentro de una maquinaria indiferente”. (no tenía autor).
Nos gusta creer que todo tiene sentido, que el dolor cumple un propósito y que el mal, tarde o temprano, será castigado. Pero esa necesidad es profundamente humana, exigimos ética a algo que no siente. El tiempo no repara, no compensa, no perdona; avanza. Y aun así, insistimos en pedirle explicaciones.
Durante mucho tiempo pensé que aceptar esto debía llevar al vacío o al cinismo. Con los años entendí lo contrario: comprender la impermanencia fue lo que me permitió dejar de sufrir de más. No eliminar el dolor —eso es imposible— sino ese sufrimiento añadido que nace de resistirse a lo inevitable.
Cuando se va un ser querido —como mi padre— uno no “supera” la pérdida. Esa palabra promete algo que no ocurre. Lo que sucede, con el tiempo, la reflexión y cierta disciplina interior, es la aceptación. Mientras uno no acepta la impermanencia, ese flujo constante de sucesos que define la existencia, el sufrimiento no encuentra descanso. Pasé años en los que, cada vez que me ocurría algo bueno o curioso, mi primer impulso era levantar el teléfono y llamarlo. Y entonces venía el recordatorio silencioso: ya no está. Ese gesto automático se convirtió durante mucho tiempo en una forma cotidiana de dolor. Hoy ya no lo hago. He aprendido a recordarlo con alegría y no con la nostalgia de un tiempo mejor. No porque duela menos, sino porque dejé de resistirme al paso del tiempo.
Algo parecido me ocurrió cuando leí El mito de Sísifo, de Albert Camus. Muchos lo reducen a una imagen simple: un hombre empuja una piedra montaña arriba, la piedra cae, y debe repetir el esfuerzo eternamente, una vida sin sentido, pero ahí no está el núcleo del mito.
Camus plantea que hay un absurdo entre la necesidad humana de sentido y un universo indiferente, así que plantea que para éste hay tres salidas:
La primera es el suicidio físico: abandonar el problema eliminando al que lo padece. Camus la descarta porque no resuelve nada; simplemente silencia la pregunta.
La segunda es el suicidio filosófico: inventar respuestas, refugiarse en explicaciones trascendentes, fabricar un sentido último que calme la angustia. Aquí entran muchas religiones y sistemas metafísicos. Camus no los condena moralmente; solo señala que son respuestas que evitan mirar de frente el absurdo.
Reflexiono, ¿con qué derecho juzgar a quien es feliz gracias a una respuesta inventada? Si una creencia —verdadera o no— le permite a alguien vivir mejor, amar, sostenerse, ¿quién puede llamarlo miserable? El problema no es moral, sino filosófico.
¿Dios existe? Filosóficamente, la pregunta puede ser irrelevante. Borges escribió que todas las teorías son válidas y ninguna importa demasiado; lo que importa es qué se hace con ellas. Tiene razón. A algunas personas la fe les permite vivir mejor, soportar el dolor, encontrar sentido. Eso es lo importante: el efecto, no la certeza metafísica.
La tercera salida es la que Camus defiende: la rebelión lúcida. Vivir sabiendo que no hay un sentido último, sin huir, sin inventar, sin resignarse, no esperar que la piedra se quede arriba ni engañarse con la esperanza de que algún día deje de caer, sino vivir empujándola, consciente, presente, libre. El punto no es que la piedra caiga, ni que el esfuerzo sea inútil, el punto es la conciencia. Sísifo comprende su destino y deja de esperar redención, al dejar de exigirle sentido al universo, recupera su libertad.
Esta intuición atraviesa muchas tradiciones. En el budismo, el sufrimiento surge del apego: del deseo de que las cosas permanezcan cuando, por su naturaleza, cambian. En el hinduismo, la realidad es flujo; incluso el yo es transitorio. En el hermetismo, uno de los principios afirma que nada permanece inmóvil: todo vibra, todo cambia. La impermanencia no es una anomalía: es la ley.
Desde esta perspectiva, el sufrimiento no es un error del sistema, sino una consecuencia inevitable de existir. Pero también tiene su contraparte. ¿Cómo conocer la dicha sin la desdicha? ¿Cómo entender la luz sin la sombra? No hay objeto sin sujeto, como planteaban Berkeley o Schopenhauer; no hay experiencia sin contraste. La vida no ofrece estados puros, sino tensiones.
En la juventud, ese sufrimiento suele amplificarse. Pequeñas cosas se viven como tragedias. Angustias que desde fuera parecen irrelevantes, pero que para quien las vive son totales. Existe esa sensación extraña —que Borges expresó mejor que nadie— de que tantas cosas ocurren, y todas parecen ocurrirle a uno solo. Como si el dolor fuera una experiencia privada, exclusiva.
Con el tiempo llegan problemas reales: la enfermedad de un hermano, la fragilidad de los padres, la muerte, la soledad, el conflicto. Y ahí, paradójicamente, muchas de aquellas angustias anteriores se recolocan. No desaparecen por madurez automática, sino por contraste.
Durante años creí entender todo esto. Lo había leído, reflexionado, incluso explicado a otros, pero entender no es lo mismo que aplicar, tener las respuestas no evita la angustia, del mismo modo que decirle a alguien “no te preocupes” no disuelve su miedo. Yo seguía dejándome dominar por preocupaciones, por escenarios futuros, por una ansiedad que conocía bien pero que no sabía soltar.
Hasta que un día, sin buscarlo, ocurrió algo distinto.Al abrazar a mi hija y ver su sonrisa, tuve una revelación silenciosa (no fue mística ni nada sobrenatural). Por un instante vi toda mi vida —desde mi primer recuerdo hasta ese momento— como si no estuviera fragmentada, como si no fuera una sucesión lineal de pasado, presente y futuro, sino un solo momento completo. No había pasados mejores ni futuros mejores. Solo eso. Ese abrazo.
Ahí comprendí algo esencial: no hay un sentido último garantizado, pero hay conciencia. Y esa conciencia es fuerza. Ser consciente de quién eres, de lo que ocurre, de lo que cambia, permite aceptar la impermanencia. Aceptar que todo vibra, todo se mueve, y que aferrarse es una forma de sufrimiento. La tarea no es anclarse, sino ajustarse constantemente, fluir.
La vida solo ocurre ahora. No en la nostalgia ni en la anticipación constante. El presente es lo único real: este instante que se va aniquilando segundo a segundo en pasado. Hoy encuentro tranquilidad no porque crea que todo saldrá bien, sino porque acepté que no todo tiene que salir bien para ser vivido.
No espero que la piedra se quede arriba. La empujo sabiendo que caerá. Y en ese acto, sin exigirle sentido al universo, he encontrado algo parecido a la plenitud.
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