Trazos de lo Invisible

Ensayos sobre la conciencia, el poder y las estructuras silenciosas que moldean nuestra existencia

La misericordia del tiempo y del olvido

Antes de comenzar aclaro, este ensayo parecerá que habla de Borges, pero él no es el tema central, sino que me parece que su obra toca de modo profundo lo que pretendo analizar… quizá analizar suena fuerte, mas bien lo que pretendo comentar.

“Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.” — Jorge Luis Borges

Imaginemos una inteligencia capaz de recordar cada hoja de cada árbol que ha visto, cada nube, cada rostro y cada instante de su vida. Imaginemos también una inteligencia capaz de percibir simultáneamente pasado, presente y futuro.

Tendemos a llamar a esas capacidades perfecciones, pero quizá serían formas de locura.

Entre tantas obras fantásticas, Borges escribe sobre un hombre incapaz de olvidar, una biblioteca que contiene libros con todo lo que puede ser escrito, un jardín donde todos los futuros existen simultáneamente, una sociedad sometida al azar y una especie de ensayo-cuento donde “demuestra” la existencia de Dios basada en una bandada de pájaros1. A primera vista parecen ficciones distintas. Sin embargo, cuanto más vuelvo a ellas, más me convenzo de que todas giran alrededor de una misma pregunta:

¿Qué ocurriría si una mente humana pudiera contemplar la realidad desde una perspectiva absoluta?

Tal vez la realidad sea demasiado vasta para ser habitada directamente. Por eso la mente inventa mecanismos de supervivencia; el tiempo convierte la totalidad en sucesión; el olvido convierte la totalidad en significado. Pensar exige simplificar.

La evolución no selecciona necesariamente las creencias más verdaderas; selecciona las más útiles. Para un homínido en la sabana era preferible confundir una sombra con un león que confundir un león con una sombra. El primer error costaba energía, el segundo podía costar la vida.

Por eso buscamos patrones, construimos explicaciones y organizamos el mundo en relatos comprensibles. No necesariamente porque el universo posea la estructura que le atribuimos, sino porque una conciencia incapaz de construir significado tendría dificultades para sobrevivir.

Tal vez la realidad no sea como la experimentamos. Tal vez nuestra experiencia sea simplemente el filtro que nos permite no enloquecer ante ella.

Pocas obras ilustran mejor esta idea que Funes el memorioso2. Funes recuerda todo: cada detalle, cada percepción, cada instante. Lo que parece un don extraordinario termina convirtiéndose en una condena. Su memoria es tan perfecta que le impide abstraer, le molesta que el perro de las tres y catorce, visto de perfil, lleve el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto, visto de frente. Para él son casi entidades distintas. No es solo que pase el tiempo: cada ángulo, cada instante, le parece una cosa nueva, y nada le permite agruparlos bajo un mismo concepto.

Recordarlo todo le impide pensar, olvidar no sería una falla de la mente, sino una de sus funciones esenciales. La inteligencia no depende únicamente de acumular información; depende también de descartar la mayor parte de ella.

Y algo parecido ocurre con el tiempo.

Estamos acostumbrados a imaginar el universo como una secuencia: pasado, presente y futuro. Alguna vez, en alguno de los libros de Borges (de conferencias o entrevistas) leí sobre el “Dios y el Estadio”, que dice tomar de Boecio3. Un hombre está en un estadio observando una carrera de caballos y la ve suceder: la partida, las vicisitudes, la llegada de uno de los caballos a la meta, todo de forma sucesiva. Detrás de él, otro espectador contempla a la vez la carrera y al hombre que la mira. Atrás de éste hay otro hombre que mira a un hombre observar a otro mirando una carrera de caballos, y así sucesivamente. El último espectador es Dios, que ve la totalidad de la escena de modo simultáneo, no sucesivo.

La imagen ofrece una respuesta elegante al viejo problema entre omnisciencia y libre albedrío. Si Dios conoce el futuro, ¿somos realmente libres? No se trata de qué sabe Dios, sino de desde dónde observa. Dios no conoce el futuro porque lo prediga; lo conoce porque lo contempla. Nosotros recorremos el tiempo, Él ve la totalidad, la diferencia no sería una cuestión de poder, sino de perspectiva.

Y aquí aparece una posibilidad fascinante. Quizá toda nuestra vida exista ya como una totalidad. No porque esté predeterminada por una fuerza externa, sino porque nosotros la observamos desde dentro y de manera sucesiva, mientras una perspectiva absoluta podría contemplarla simultáneamente. La conciencia no estaría creando la realidad instante a instante. Estaría recorriéndola, como quien atraviesa un laberinto cuyos caminos ya existen.

La idea reaparece en El jardín de senderos que se bifurcan (ya sabrán quién es el autor). Allí todos los futuros existen. Cada decisión abre nuevos caminos que continúan simultáneamente. Nosotros recorremos uno de ellos. Una inteligencia absoluta podría contemplarlos todos.

Y reaparece en el eterno retorno. La idea suele asociarse a Nietzsche, que la planteó como una pregunta existencial: si tuvieras que vivir exactamente esta misma vida una cantidad infinita de veces, ¿la recibirías como una bendición o como una condena? Borges la lleva hacia terrenos casi matemáticos. Si el tiempo es infinito y las combinaciones posibles son finitas, toda configuración terminará reapareciendo. No sólo las galaxias o las civilizaciones. También esta página, este texto, esta frase y tú mismo. Y en su forma más inquietante: volverás a nacer de un vientre, crecerán nuevamente tus huesos, llegará otra vez a tus manos este mismo libro y cada instante de tu vida se repetirá hasta el final.

La especulación parece cosmológica, pero su efecto es profundamente humano porque transforma el infinito en algo íntimo. La pregunta no intenta describir el universo. Intenta describirnos a nosotros.

La obsesión Borgiana (si otra vez él) por el infinito alcanza otra forma en La biblioteca de Babel. La biblioteca contiene todos los libros posibles: la historia exacta de tu vida, las historias falsas de tu vida, las historias ligeramente equivocadas de tu vida y millones de variaciones absurdas de todas ellas. Cuando la información es infinita, encontrar la verdad resulta casi tan difícil como cuando no existe información alguna. La biblioteca de Babel no es un cuento sobre libros. Es un cuento sobre los límites del conocimiento. (La biblioteca es tan grande que todas las combinaciones de texto azarosas dan en algún momento texto con sentido, del caos surge orden sin que haya necesariamente un orden, origen divino o causa suprema). También podríamos mencionar el cuento de la lotería de Babilonia, donde el azar gobierna todo, pero aún así se le sigue buscando orden, porque es la única forma en que los humanos podemos entender el mundo.

En tiempos recientes se ha vuelto popular afirmar que la mente crea la realidad. Se citan filósofos, místicos y físicos para sostenerlo, a menudo se invoca incluso la mecánica cuántica, sin embargo, eso rara vez es lo que dijeron.

Cuando Heisenberg señala que el observador altera lo observado, no está afirmando que nuestros pensamientos creen electrones o galaxias. Está describiendo una limitación inherente a la medición, observar implica interactuar. La física no afirma que la mente cree el universo, afirma algo mucho más interesante: que nunca observamos la realidad desde afuera, siempre observamos desde dentro.

No podemos observar el universo desde fuera del universo. No podemos ser completamente imparciales respecto de aquello de lo que formamos parte. Una célula difícilmente comprende al organismo completo. Un personaje difícilmente comprende la novela entera. Y una parte del universo difícilmente puede contemplar la totalidad del universo.

Es la intuición que abre estas páginas. Quizá no entendemos el universo precisamente porque nunca lo vemos completo. Vemos fragmentos, perspectivas, mapas, versiones simplificadas. La totalidad permanece fuera de nuestro alcance.

San Agustín decía: ¿qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé. La paradoja es exacta. Vivimos el tiempo, lo sentimos, lo respiramos. Somos él. Pero en cuanto intentamos explicarlo, se nos deshace entre las manos. Lo habitamos sin comprenderlo. No podemos abandonarlo para mirarlo desde afuera.

Y quizá no ocurra solo con el tiempo. Quizá así nos relacionemos con casi toda la realidad, con la existencia y hasta con eso que llamamos Dios (Brahman la realidad última, el Tao, o como quieras llamarlo): podemos vivirlo, atravesarlo, sentirlo en la piel, pero no explicarlo ni contemplarlo entero. Lo conocemos del único modo en que una parte puede conocer el todo del que forma parte. Desde dentro.

El Argumentum Ornithologicum (Una vez más obra del maestro) ilustra perfectamente esta intuición: una bandada de pájaros cruza el cielo y nadie sabe cuántos eran. Sin embargo, el número exacto existió. La realidad posee una precisión que excede nuestra percepción. Nosotros vemos aproximaciones. La totalidad permanece oculta.

Y existe un cuento donde un hombre sí alcanza a ver la totalidad. En El Aleph, el narrador baja a un sótano y encuentra un punto que contiene todos los puntos del espacio. En él ve, a la vez y sin superposición, cada lugar del universo desde todos los ángulos: los mares, los desiertos, cada hormiga, cada espejo, su propia cara y las caras de todos los hombres. Es la perspectiva absoluta hecha experiencia. Por un instante, un hombre mira como se supone que mira Dios. El resultado no es la iluminación. Es el vértigo, y después una extraña tristeza. Lo que vio era infinito, y lo recordará de manera imperfecta, porque ni siquiera el lenguaje puede contener la simultaneidad de todo. El Aleph confirma la sospecha: contemplar la totalidad no nos acerca a la verdad. Nos abruma.

Tal vez la realidad sea demasiado vasta para ser habitada directamente. Por eso la mente inventa dos mecanismos de supervivencia: el tiempo, para convertir la totalidad en sucesión; y el olvido, para convertir la totalidad en significado.

No sé si el tiempo es una propiedad fundamental del universo o una herramienta de la conciencia. No sé si existe una perspectiva absoluta capaz de contemplar simultáneamente todos los instantes. No sé si el azar gobierna el mundo o si nosotros proyectamos orden sobre él.

Quizá nuestras limitaciones no sean defectos, sino precisamente las condiciones que hacen posible nuestra experiencia del mundo.

Porque quizá el tiempo sea a la eternidad lo que el olvido es a la memoria: una simplificación indispensable para que la mente humana no se ahogue en el infinito.

No un defecto sino una misericordia.

EPILOGO

Hay que decir, para no quedarnos demasiado tranquilos, que quien más cerca estuvo de tocar la totalidad no la vivió como una gracia.

En Nueva refutación del tiempo, Borges arma una demostración en serio de que el tiempo no existe, y la construye con cuidado, paso a paso. Pero al terminar se rinde. Reconoce que no puede creer lo que acaba de probar: el tiempo es la sustancia misma de la que está hecho, un río que lo arrastra y que él es a la vez, un fuego que lo consume y que él es. Puede abolirlo con el intelecto; no puede salir de él. Y la confesión final no es un triunfo sino una desdicha: el mundo, a su pesar, sigue siendo real, y él, a su pesar, sigue siendo Borges.

Quizá tenga razón y sea una condena. Yo prefiero sospechar lo contrario. Pero dejo las dos posibilidades aquí, sin árbitro, que es como deberían quedar las cosas que no se pueden mirar desde afuera.

Notas:

1: Cuentos mencionados en orden “Funes el memorioso”, “La biblioteca de Babel”, “El jardín de senderos que se bifurcan”, “La lotería de Babilonia”, “Argumentum Ornithologicum”.

2: “Funes el Memorioso”, es una obra de J.L. Borges contenida en su obra cumbre (por lo menos para mi lo es) Ficciones.

3: La cita no sé si es Real, no he tenido la oportunidad de corroborarla, ya me dijo una vez mi hermano que Borges solía inventar referencias y libros de forma literaria, para darle realismo o quizá por modestia al decir que eran ideas de otros, como dice en “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” cuando habla de su amigo Bioy Casares al referir que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.

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