Trazos de lo Invisible

Ensayos sobre la conciencia, el poder y las estructuras silenciosas que moldean nuestra existencia

La última decisión: el silencio de una conciencia

A veces alguien cercano decide dejar de existir.

La noticia siempre llega acompañada de la misma pregunta, una que parece exigir una explicación inmediata: ¿por qué?

Es una pregunta profundamente humana. Necesitamos creer que toda tragedia puede ordenarse en una secuencia de causas, que hubo un momento preciso en el que todo cambió, que existió una señal ignorada, una conversación pendiente, una palabra capaz de alterar el desenlace. Pensar eso nos devuelve, aunque sea por un instante, la ilusión de que el mundo sigue obedeciendo alguna lógica, pero quizá esa necesidad habla más de nosotros que de la realidad.

Albert Camus escribió que el único problema filosófico verdaderamente serio era el suicidio. No porque encontrara en él una respuesta, sino porque ninguna otra pregunta nos enfrenta de manera tan brutal al sentido de la existencia. Antes de preguntarnos qué es la justicia, la libertad o Dios, existe una cuestión anterior: ¿qué mantiene a un ser humano aferrado a la vida?.

Nunca terminamos de conocer a las personas.

Aprendemos sus costumbres, sus manías, sus historias favoritas. Compartimos años, mesas, viajes, silencios, a veces incluso compartimos conversaciones que parecen tocar el fondo mismo de la existencia. Hablamos del absurdo, del peso de vivir, de la obstinación de Sísifo empujando eternamente una roca montaña arriba. Creemos, por un momento, haber entrado al lugar más íntimo de otra conciencia, pero la conciencia ajena sigue siendo un territorio inaccesible.

Cada persona habita una habitación a la que nadie más puede entrar. Desde afuera escuchamos algunas palabras, vemos algunas ventanas abiertas, imaginamos cómo es el interior. Sin embargo, nunca conocemos la casa completa. Apenas la versión que el otro consiguió mostrarnos, quizá por eso resulta tan difícil aceptar ciertas ausencias.

No solo desaparece una persona. También desaparece la única voz capaz de responder las preguntas que inevitablemente quedan detrás. Entonces aparecen las explicaciones apresuradas, se culpa a un problema reciente, a una decepción, a una enfermedad, a un fracaso, como si una vida pudiera reducirse al último capítulo de su historia, como si el instante final bastara para explicar todos los silencios anteriores, pero no suele ser así.

El sufrimiento rara vez nace de un solo día. Con frecuencia se acumula lentamente, casi en secreto, hasta que un acontecimiento —insignificante para unos, insoportable para quien lo vive— termina por romper un equilibrio que desde fuera parecía intacto. No siempre hay tiempo para comprender que alguien estaba al borde del abismo, a veces, cuando el abismo se hace visible para los demás, ya ha ocurrido lo irreversible. Eso no significa que debamos dejar de mirar a quienes amamos. Al contrario. Significa reconocer con humildad que nunca podremos medir exactamente el peso que otro está cargando.

Camus rechazó el suicidio como respuesta al absurdo. Su propuesta era otra: la rebelión. Continuar, empujar la roca una vez más aun sabiendo que el universo permanecerá indiferente. Siempre me ha parecido una de las imágenes más poderosas de la filosofía, precisamente porque no promete una esperanza fácil, solo ofrece dignidad y, sin embargo, la filosofía también tiene sus límites.

Hay momentos en los que los libros callan.

Las ideas que parecían tan sólidas descubren, de pronto, que no fueron escritas para aliviar el vacío que deja una ausencia. Ningún argumento filosófico consigue responder por completo a una silla vacía, a un número de teléfono que ya nunca contestará o a una conversación que uno habría querido prolongar unos minutos más.

Quizá esa sea la lección más incómoda. No todo puede comprenderse. No toda historia nos pertenece.

Y tal vez la forma más honesta de honrar la conciencia de otro no consista en inventar respuestas donde ya no las habrá, sino en aceptar que existen dolores cuya profundidad nunca alcanzaremos a conocer, porque, al final, nadie libra la misma batalla y nadie puede recorrer completamente el mundo interior de otro ser humano. Quizá esa certeza debería volvernos menos rápidos para juzgar, más pacientes para escuchar y mucho más cuidadosos con la fragilidad ajena, no porque podamos salvar siempre a quienes amamos, sino porque, mientras todavía caminen a nuestro lado, nunca sabremos cuál de todas sus sonrisas está sosteniendo el mayor de los silencios.

Epílogo

No creo en una vida después de la muerte, ña razón nunca me ha permitido afirmarla y, sin embargo, hay días en los que deseo profundamente estar equivocado, no por miedo a morir, sino por la sencilla posibilidad de recuperar lo irrecuperable, de volver a abrazar a mi padre o también de decirnos con mi amigo otra de esas bromas oscuras que solo tenían sentido entre nosotros, o de reírnos, una vez más de la muerte, como si burlarnos de ella pudiera mantenerla a distancia, de dejar una conversación inconclusa un poco menos inconclusa.

Tal vez esa esperanza no nazca de la fe sino del deseo, profundamente humano, de creer que ninguna buena conversación merece terminar para siempre.1

Nota

  1. Me gusta imaginar que el cuento “Diálogo sobre un diálogo” de Borges, tuviera cierta verdad cuando dice “…la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre”. ↩︎

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *