Trazos de lo Invisible

Ensayos sobre la conciencia, el poder y las estructuras silenciosas que moldean nuestra existencia

El Bhagavad Gita como espejo humano

Hay libros que no se leen: se respiran, El Bhagavad Gita es uno de ellos. Un texto que ha sido maestro, consuelo, arma, espejo y refugio para millones de personas.

El Bhagavad Gita ha acompañado a buscadores de todos los siglos. Gandhi lo llamaba “mi diccionario espiritual”; Emerson veía en él una cima del pensamiento humano. Schrödinger encontró en la filosofía hindú —de la cual el Gita es corazón vibrante— la intuición de que la conciencia es una sola. Y Oppenheimer, en el instante más terrible de la historia moderna, recordó una frase que lo perseguiría toda su vida: “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”. Que un político, un poeta, un místico, un físico cuántico y el padre de la bomba atómica puedan coincidir en un mismo libro dice más del Gita que cualquier elogio académico.

El Gita es así: puede sostener a quien busca consuelo, pero también puede justificar decisiones terribles. Puede iluminar, pero también cegar. Y ahí reside buena parte de su fascinación.

En otro ensayo hablé un poco de la fe y la razón, de como puede ser herramienta de consuelo o de control. El Bhagavad Gita acompañó parte de ese proceso, no como doctrina, sino como obra que obliga a pensar.

La escena que da origen al diálogo es simple pero devastadora. Arjuna, héroe y arquero, se detiene en medio del campo de batalla y se niega a pelear. Frente a él están sus enemigos, sí, pero también sus amigos, maestros y familiares. Mira el campo de Kurukshetra y no ve enemigos: ve humanidad. Su alma se desploma. Prefiere perderlo todo antes que matar a quienes ama. Esa crisis —ese derrumbe íntimo en medio del deber social— es universal. No habla solo de guerra; habla de cualquier momento en el que la vida nos exige traicionarnos para cumplir una expectativa.

Es entonces cuando Krishna responde. Y su respuesta es tan hermosa como inquietante. Le dice que nadie muere realmente, que el alma es eterna, que el deber del guerrero es luchar, que el sabio actúa sin buscar recompensa, que lo correcto sigue siendo correcto aunque duela. Le dice también que él no cargará culpa alguna, porque aquello que está por ocurrir ya ocurrió en otro plano. Es un discurso que mezcla filosofía profunda, espiritualidad elevada y una extraordinaria habilidad persuasiva.

Por momentos, Krishna ofrece enseñanzas que podrían transformar una vida: el desapego, la unidad con lo divino, la invitación a actuar con rectitud sin obsesionarse con el resultado. Pero al mismo tiempo, dentro de ese mismo discurso, se cuelan promesas de gloria, recompensas espirituales, e incluso una justificación divina para matar sin culpa. El mismo texto que libera del egoísmo también puede convertirse en herramienta de obediencia absoluta.

Ahí es donde el Bhagavad Gita revela sus dos rostros.

Por un lado, es una fuente de esperanza. Para quien sufre, sus palabras pueden ser un refugio. Para quien busca sentido, puede ser una guía. Para quien necesita fuerza para seguir adelante, puede ser una compañía íntima y profunda. Hay versos que parecen escritos para el alma humana en sus momentos más frágiles. No es casualidad que haya ayudado a santos, reformadores sociales y buscadores espirituales a sostenerse en tiempos de oscuridad.

Pero por otro lado, también es un texto que durante siglos ha sido usado como instrumento de control ideológico. Su exaltación del deber y la obediencia fue útil para justificar guerras en nombre del orden cósmico. Su insistencia en cumplir el rol asignado sirvió para reforzar el sistema de castas, donde las clases inferiores debían aceptar su destino prometiendo recompensas espirituales. La misma espiritualidad que ilumina puede volverse una herramienta de dominación cuando alguien decide interpretarla a su conveniencia.

Y sin embargo—y aquí reside lo hermoso y lo trágico—la culpa no es del libro, sino de la condición humana. Toda enseñanza profunda puede convertirse en dogma. Toda guía espiritual puede transformarse en herramienta de poder. Toda palabra sagrada puede usarse para liberar… o para someter.

Hacia el final del Gita, aparece una reflexión sobre tres tipos de placer: el que es amargo al principio pero dulce al final, el que es dulce al inicio pero amargo después, y el que es confuso y dañino desde el principio. Es un recordatorio de que lo que construye una vida plena rara vez es lo inmediato. A veces lo más luminoso nace después de atravesar la incomodidad. No es muy diferente a lo que enseñan los estoicos, o a lo que Siddhartha descubre en la novela de Hesse: la paz auténtica surge cuando dejamos de perseguir lo efímero.

El Bhagavad Gita es un espejo, y cada lector ve en él lo que su camino le exige ver. Hay quien encuentra una brújula espiritual; quien encuentra consuelo; quien encuentra una justificación histórica para la obediencia; y quien encuentra —como le ocurrió a Arjuna— la oportunidad de enfrentar sus propias sombras.

Quizá por eso este libro ha sobrevivido milenios: porque no ofrece respuestas cerradas, sino preguntas que siguen vivas. Preguntas sobre la conciencia, el deber, la libertad interior, la culpa, el poder y la esperanza. Preguntas que todavía nos atraviesan a todos, de un modo u otro.

Y en ese diálogo eterno entre Arjuna y Krishna, entre humanidad y divinidad, entre compasión y deber, cada quien puede encontrar algo distinto: un consuelo, una advertencia o un camino.

Como en toda obra verdaderamente grande, lo importante no es tomar partido, sino mantener viva la pregunta.

Una respuesta a “El Bhagavad Gita como espejo humano”

  1. […] una herramienta de control político y social. Un ejemplo claro aparece en el Bhagavad Gita (en este blog tengo una ensayo que invito a leer). En ese texto conviven enseñanzas filosóficas y metafísicas de enorme profundidad con un marco […]

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