Hace algunos años leí La tristeza, un cuento de Antón Chejov. Mi primera impresión fue detenerme en el aspecto más humano de la historia: su protagonista no necesitaba consuelo, reflexiones filosóficas ni respuestas. Lo único que necesitaba era alguien que lo escuchara.
El cuento narra la historia de Iona Potápov, un cochero que acaba de perder a su hijo. Mientras transporta pasajeros por las calles de San Petersburgo, intenta contarles lo sucedido, compartir el peso de su desgracia. Pero todos están ocupados, tienen prisa y están preocupados por sus propios asuntos. Ninguno parece tener tiempo para escucharlo. Al final, incapaz de encontrar un interlocutor humano, termina contándole su pena a su caballo.
Como dije, en aquella primera lectura me quedé con la imagen de un hombre que solamente necesitaba ser escuchado. Hoy, sin embargo, tengo otra interpretación del cuento. O quizá la misma historia me dice algo distinto porque ahora la miro desde otro lugar.
Hace poco falleció mi suegro; siete años antes había muerto mi padre. Hay algo que inevitablemente he terminado por observar en ambas experiencias: para mi esposa, su padre era una parte fundamental de su mundo; mi padre lo fue del mío. Su ausencia es una fractura en nuestra propia existencia, algo que modifica nuestra historia, nuestros recuerdos y hasta la manera en que imaginamos el futuro. Hace siete años yo era quien necesitaba hablar; ahora me toca estar del otro lado, junto a alguien que lo necesita.
Pero mientras eso sucede dentro de nosotros, afuera prácticamente nada cambia.
Los autobuses siguen llegando a las centrales, las escuelas siguen abriendo sus puertas, la gente sale a trabajar, hace planes y se preocupa por sus propios asuntos. Los hospitales públicos, por supuesto, siguen sin tener medicamentos. La vida continúa con una puntualidad que a veces parece hasta ofensiva.
Y no lo digo como un reproche. No es que los demás sean malas personas o carezcan de empatía. Simplemente, cada quien habita su propio microuniverso, con sus afectos, problemas y preocupaciones. Lo que para alguien representa el acontecimiento más importante y doloroso de su vida, para el resto del mundo puede pasar completamente inadvertido. El mundo no tiene la cortesía de guardar un minuto de silencio.
Hay otra cuestión que se vuelve inevitable cuando uno atraviesa estas experiencias: el tiempo. Últimamente he escuchado mucho Time, de Pink Floyd. Quizá porque, al mirar hacia atrás, uno empieza a percibir de otra manera ese implacable misterio metafísico del que hablaba Borges.
San Agustín escribió: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé». Mientras vivimos, el tiempo parece una promesa de continuidad. Siempre habrá otra conversación, otra visita, otra oportunidad. Hasta que un día descubrimos que ya no. La muerte también significa perder todo el tiempo que imaginábamos que todavía teníamos con alguien. Y entonces comprendemos que algunos de los momentos más valiosos eran precisamente aquellos a los que menos importancia concedíamos.
Una de nuestras mayores dificultades consiste en aceptar que algunas cosas simplemente ocurren. Buscamos explicaciones, propósitos, lecciones y hasta castigos. «Todo pasa por algo», «Dios sabe por qué hace las cosas», «quizá era su momento». Necesitamos creer que detrás de cada acontecimiento existe un orden, alguna razón que justifique lo sucedido.
Pero ¿y si no es así? ¿Y si las personas simplemente mueren, sin que exista detrás de ello una lección o un propósito? Cosas buenas les suceden a personas malas y cosas terribles a personas buenas. La enfermedad, la muerte y la desgracia no parecen obedecer a una justicia universal.
Aquí es donde aparece ese obra y ese autor que tanto ha resonado en mi cabeza el último año, Albert Camus y el mito de Sísifo: el ser humano necesita encontrarle un sentido a su existencia, pero el universo permanece indiferente a esa necesidad. Reconocerlo no significa concluir que nada importa. Significa aceptar que probablemente no exista una explicación superior para lo que nos ocurre, sin que por ello tengamos que renunciar a vivir, querer o encontrar motivos para continuar. La muerte de alguien que amamos no necesita convertirse en una enseñanza para que su vida haya tenido valor. Tampoco necesitamos encontrarle una razón a nuestra tristeza para reconocer que es legítima.
Quizá por eso me resulta ahora tan significativa la historia de Iona. Su tragedia no consiste únicamente en haber perdido a su hijo, sino en no encontrar a alguien con quien compartir esa pérdida. Necesita comprobar que aquello que le ha ocurrido tiene algún lugar en el mundo de otra persona.
Y no lo consigue.
Al final, termina contándole todo a su caballo. Una escena triste, pero profundamente humana. A veces necesitamos contar las cosas aunque sepamos que no habrá una respuesta. Necesitamos que alguien permanezca ahí mientras hablamos.
Y hay una diferencia entre reconocer la indiferencia del mundo y resignarnos a reproducirla. Que la vida de los demás no pueda detenerse por nuestra tristeza no significa que debamos ser indiferentes a la tristeza ajena. No podemos comprender completamente lo que alguien está atravesando, pero podemos ofrecerle algo bastante sencillo: un poco de nuestro tiempo. Escuchar sin apresurarnos a responder, sin buscar una moraleja o una explicación que convierta su desgracia en una lección de vida.
No sé si Chéjov escribió su cuento pensando en todo esto. Probablemente cada lector encuentre algo distinto en él, dependiendo del momento de su vida en que lo lea. Las obras pueden permanecer iguales, quienes cambiamos somos nosotros.
La muerte de alguien puede significar el final de un mundo entero. Pero ese mundo era solamente uno entre miles de millones. Esta es una de las cosas más difíciles de aceptar de la existencia: podemos estar viviendo uno de los momentos más importantes de nuestra vida y, al mismo tiempo, no estar ocurriendo absolutamente nada en la vida de los demás.
Pero que el mundo siga adelante no significa que lo perdido haya sido pequeño, ni que la vida de quien se fue importe menos. Hay personas cuya ausencia transforma para siempre la existencia de quienes las amaron. El mundo no se detiene por ellas, pero eso no hace menos real el mundo que dejaron atrás.
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